La calle es la escuela

Es un día gris,  un día nublado, como suelen ser gran cantidad de días en junio. A lo lejos se ve un cúmulo de nubes negras, seguramente va a llover. A pesar de la advertencia del cielo, los carros van y vienen, o al menos intentan hacerlo si el abundante tránsito se los permite.

 

En la avenida Presidente Juárez, como siempre, los autos llevan estancados 10 minutos y han avanzado apenas un metro. El aburrido y monótono tráfico del viernes, hasta que alguien llega para… ¿Amenizar el rato? Se escucha una trompeta que con dificultad emana un sonido poco armonioso, la mayoría la ignora, se trata de un hombre, parado en medio del malecón, acompañado de un niño, quizá de 5 o 6 años, es su hijo, Juan.

 

El pequeño golpea un viejo tambor con fuerza, parecido al ímpetu con el que los niños de la banda de guerra suelen tocar el tambor en la escuela para cada homenaje del lunes. Solo que hoy es viernes y no es la escuela, es la calle. ¿Por qué el niño toca con tanta fuerza?, no hay una sonrisa en su rostro. ¿Es por el cansancio de llevar un pesado tambor colgado en el cuello todo el día? Quizá sea por el enojo de estar en el pabellón y no en el pasto de un divertido parque. O simplemente lo hace para llamar la atención, para que le den una moneda y pueda comer algo que le calme el hambre que le resuena en el estómago desde la mañana.

El dinero lo recoge su hermana, Laura, uno o dos años mayor que el niño. Se desliza entre los autos sin miedo, como si se tratase de una larga resbaladilla en un parque. Agita una lata oxidada, pide una moneda, ruega quitarse el hambre. Algunos le regalan 1, 2 o, si tiene suerte, 5 pesos, pero la mayoría cierra sus ventanas, la ignora o no se dan cuenta de su presencia porque discuten con el niño del asiento trasero que llora porque le compraron un jugo de manzana y él quería uno de fresa.

La madre camina por la orilla, del otro lado del pabellón, lleva un rebozo que le cubre el abultado vientre, lleva una nueva vida dentro de su cuerpo. Su forma de caminar no se compara con la valentía de la niña que camina por la línea punteada de la carretera, como los niños cuando aprenden a escribir con los ejercicios de caligrafía, pero ella aprendió a seguir la línea amarilla, a veces blanca, que sigue toda la avenida.

 

Ahora es miércoles, en lo alto del cielo brilla el deslumbrante sol que ya no solo calienta, quema y hace que arda la piel. Hoy no está la familia de Laura y Juan, pero está la familia de María.

 

María, de 12 años quizá, viste una playera rosa, el brillante color que le gusta lucir a la mayoría de las niñas, pero su rosa no brilla, está oculto, a causa del polvo que levantan los carros cuando pasan sobre la carretera, o quizá por la contaminación que sueltan esos enormes y pesados camiones.  El rosa está cubierto de gris, al igual que su mirada y su inexistente sonrisa.

C: David Sánchez - Pexels

La avenida, como de costumbre, está repleta de autos. Cuando el semáforo está en verde, María y todo el grupo de limpiaparabrisas se tapan del sofocante sol en la banqueta. El semáforo está en rojo, en seguida toman sus trapos y la botella del famoso refresco de cola que ahora está llena de agua y jabón, caminan por el centro de la avenida con la mano en lo alto en busca de algún automovilista que necesite que limpien su parabrisas, de esos casi no hay, todos niegan con la mano o con la cabeza,  los distraídos, que no tienen tiempo para negarse, son los afortunados que podrán ayudar a que María no se quede con hambre hoy.

María y su madre se acercan a una gran camioneta pickup, la niña lanza un chorro de jabón al parabrisas y ya no hay marcha atrás. María se apoya de la camioneta, pone un pie sobre la llanta y escala hasta alcanzar la parte más alta de la pickup; escala como los niños en los parques, que llaman la atención de su madre desde la parte más alta de la estructura geométrica y de metal. Lo mismo hace María, llama la atención de su madre, pero, para pedirle su viejo trapo y el jalador que dejará el parabrisas brillante, para que, si tienen suerte, el chófer les regale una moneda de cinco pesos.

 

Cómo María, en Naucalpan está Luis, que trabaja como viene viene, junto con su padre, en el estacionamiento de una plaza comercial. El pequeño ondea un trapo, que es más café que rojo, con el que indica a los automóviles cómo y hacia donde moverse, mientras en su mente imagina que está en una enorme habitación, en la que juega y maneja pequeños carritos con sus manos, hasta el que el crujir de su estómago lo despierta de aquel sueño, el que Luis quisiera que se convirtiera en realidad.

 

Así como Luis, también existe Miguel. Que en lugar de jugar en parque con sus amigos, usa sus pelotas para hacer malabares en un semáforo, para juntar el dinero suficiente para comprar un cuaderno y colores para convertirse en un gran artista.

Cómo Laura, Juan, María, Luis y Miguel, hay muchos niños más, que trabajan en la calle, se levantan todos los días a la misma hora, toman el tambor, un trapo o pelotas, y salen todos los días de su casa. Al igual que Sofía, Fernanda, Mariano y Santiago, que se levantan todos los días, desayunan, toman su mochila y salen de su casa.

 

La diferencia es que unos van a la escuela y para los otros, la calle es su escuela.

En México, 3 millones 269 mil 395 niñas, niños y adolescentes de 5 a 17 años de edad realizan alguna actividad económica. ¿Sus motivos? La mayoría lo hacen por gusto o porque su hogar necesita de su apoyo y trabajo; el 19.1 % lo hacen para pagar su escuela o sus gastos y el 12.6 % para poder aprender un oficio. 

 

Según datos del Censo de Población y Vivienda  2020, más de 712 mil niños y casi 632 mil niñas, no acuden a la escuela.  El porcentaje de personas que asisten a la escuela ha ido en aumento, sin embargo, la cantidad de niños que aún no lo hacen sigue representando una cifra de alerta.

 

Lavanda
Querétaro
05-09-23

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